LA CONSULTA PSICOLÓGICA EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS

El compromiso ético con la circulación de la palabra del sujeto
Dra. Silvia Inchaurraga

Doctora en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Psicóloga por la Universidad Nacional de Rosario. Master en Drogadependencias por la Universidad de Barcelona. Master en Psicopatología por la Universidad de Madrid. Responsable del Servicio de Psicología del Sanatorio Americano
“Será nuestra labor adaptar nuestra técnica a las nuevas circunstancias”.
Sigmund Freud.


Una pandemia, cómo toda catástrofe, trastoca el mundo exterior, nuestra cotidianeidad y especialmente nuestro mundo interno. Es una crisis, que etimológicamente significa cambio, punto de ruptura a partir del cual la vida ya no es la misma: la vida laboral, social, familiar. Los equilibrios diarios se trastocan, los órdenes de prioridades cambian, pero las necesidades afectivas y económicas insisten, las normas impuestas parecieran imposibles de cumplir y aparece el temor a que el mundo ya no vuelva a ser el mismo.

El Coronavirus y la amenaza del COVID-19 impacta diferente en las personas. En Argentina el Decreto que impone el aislamiento no es recepcionado de igual manera por los ciudadanos. En algunos, potencia el miedo al contagio, respuestas fóbicas, la percepción del vecino como posible enemigo de la Salud pública. En otros, facilita conductas responsables de cuidado y protección o de rebeldía, hastío e irritabilidad. Podrá también existir indiferencia o negación del problema, los riesgos de infección y características de la enfermedad y de las consecuencias de las medidas derivadas de la cuarentena.


Todo está alterado; regímenes de visitas de padres separados, dinámica escolar -eje central de la vida de los niños-, la ansiada visita para los abuelos, la estabilidad económica, la salud de nuestros adultos mayores, planes de estudios, exámenes, intervenciones quirúrgicas, viajes, nuevos proyectos laborales, incipientes relaciones...


Como en toda catástrofe, esta pandemia hace aparecer lo mejor o lo peor de los seres humanos; sentimientos infinitos de solidaridad, redes de ayuda mutua y contención; también fastidio, rencor, enojo, tristeza, miedo, angustia, egoísmo. Una de las caras más visibles de este egoísmo es la falta absoluta de empatía con el otro; el que no puede quedarse en su casa porque si no sale su familia no come; el que sufre si debe restarle una salida diaria a su amada mascota; el que necesita ver a sus padres.


Los medios de comunicación nos saturan de información, muchos de ellos juzgan historias que desconocen y nos inundan de tragedia, dolor y miedo.


La angustia no tiene restricciones para su circulación. Al contrario, la angustia se magnifica al no poder los sujetos ponerle palabras. Crisis de ansiedad, ataques de pánico, violencia familiar, sentimientos de culpa, inestabilidad anímica, insomnio. En tiempos de confinamiento y cuarentena un cuadro de ansiedad es una cuadro de Ansiedad con A mayúscula y la irritabilidad puede convertirse en un pasaje al acto violento. La abstinencia de alcohol o drogas pueden llevar a un sujeto desesperado a exponerse al riesgo de una sobredosis por consumir más cantidad o distinta sustancia y también a una detención policial y causa penal por violar la cuarentena.


Como profesionales de la salud mental debemos ratificar nuestro compromiso ético con la circulación de la palabra y la facilitación de las condiciones de asistencia a aquellos que requieran ayuda. Resulta clave abordar los problemas a tiempo, escucharlos, tratarlos. De esta manera la tristeza no devendrá depresión, la angustia no decantará en síntomas complejos y múltiples.


Es fundamental no permitir que el Coronavirus tape la boca al sujeto y las personas puedan pedir y recibir la ayuda psicológica necesaria.